martes, 2 de diciembre de 2014

"La Soldadita de plata"





En principio fue un hermoso juego de café, todo él en plata, con su cafetera, su lechera, su azucarera y sus seis tacitas de plata. Según contaron a mi sombra llegó a España por Navidad desde Cuba. Llegó en un baúl para mi bisabuela que había venido a España con la ilusión de que su joven marido se curara de su enfermedad y volver pronto a su patria. Pero nunca regresó. Muy pronto quedó viuda con dos hijos a su cuidado.

 Sus dos vástagos heredaron el juego de café. Una obra de arte que fue dividida y repartida entre los dos hermanos. La cafetera de plata junto con la lechera siempre la vi en la casa de la abuela Patro. No sé cuando ni como sucedió. Un día descubrí que la cafetera tenía una de sus tres patas con sus preciosas garras de león, quemada. Más bien derretida.  ¡A qué fuego sería arrimada para que su pata se hubiera contraído tanto! Por eso la coja cafetera quedó grabada a fuego en mi recuerdo.

Cada vez que en mi infancia escuchaba contar el cuento de "El Soldadito de plomo" lo asociaba con la cafetera de la abuela, con su pata disminuída y su brillo oscurecido. Me daba pena mirarla y sentía deseos de curar y remediar su pata.  Sé que hoy está en buenas manos, aunque imagino que su pata seguirá igual. Es curioso como algunos objetos materiales despiertan en nosotros afecto y aprecio no tanto por su valor económico en sí, como por los sentimiento que afloran a través de ellos. Para mí fue siempre "La Soldadita de plata". 


 Mi sombra la admiró siempre: "Una obra de arte sólo tiene valor si en ella vibra el futuro" de André Breton



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