jueves, 7 de noviembre de 2019

EL 3º LUJURIA



 Hace años, Eulalia vivía en la ciudad con su madre y una hija deficiente mental de quince años. Al morir su madre Eulalia la llevó a enterrar al pueblo. Allí, en aquellos años, era costumbre que las mujeres  dieran dinero para misas por la difunta. Eulalia lo agradeció y aunque el dinero no le sobraba, jamás se le pasó por la cabeza emplearlo en otra cosa que no fuera por el alma de su madre.

 Un día cualquiera, decidió ir a la catedral a encargar las misas con su hija. Asombradas y casi atemorizadas, se adentraron por un pasillo oscuro de altos muros de piedra detrás del altar mayor en busca de una sacristía. Tras una puerta, escucharon un ruido y decidieron llamar. Un sacerdote mayor les abrió y las hizo pasar. Era una gran sacristía parecida a una biblioteca con  vitrinas repletas de trajes religiosos y una especie de mostrador bajo él que había multitud de cajones de madera alrededor de toda la estancia. 

Eulalia dijo a qué venían. El sacerdote sacó un libro de uno de los cajones y apuntó el número de misas que le correspondía según la cantidad de efectivo en pesetas que llevaba. Se despidieron del cura no sin antes éste hacerle unas carantoñas a la joven y entregarle una piruleta. 

Al día siguiente Eulalia iba con su hija a comprar y la chica le pidió quedar en la catedral mientras ella hacía la compra. Su madre la dejó y a la adolescente no se le ocurrió otra cosa que volver a la sacristía. El mismo clérigo abrió la puerta y esta vez se acordó muy bien de cerrar con llave por dentro. Él se quitó la ropa y se cubrió con un alba mientras desnudaba y vestía a la niña con ropas diferentes. El juego no tuvo nada de virtuoso. La adolescente salió de la sacristía de nuevo con una piruleta en la mano. Cuando pasó su madre a recogerla le dijo que estaba guapa de novia como la Virgen. La madre, iba pensando en sus cosas y apenas la escuchó.

Pasados unos días se repitió la historia y cuando la madre entró en la catedral para buscar a su hija, ésta salía de un pasillo hacia la nave lateral de la catedral de la mano del sacerdote. Interrogó a su hija que volvió a decir que estaba guapa de blanco como la Virgen por eso el cura la abrazaba y la besaba por todo el cuerpo. La madre enmudeció. Cuando su hija añadió que los atributos masculinos del eclesiástico le daban miedo, Eulalia comprendió algo que no saldría de sus labios hasta muchos, muchos años después. 


Un caso más entre muchos:"Soy un hombre solo. Un solo infierno" de Salvatore Quasimodo en "A tu lumbre náufraga".


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9 comentarios:

  1. Menuda historia y las muchas que hay.
    Un abrazo

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  2. ¡Terribles casos! Excelente has desarrollado esta historia.
    Un abrazo.

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  3. Puede que por eso y por otras muchas cuestiones, no soy creyente.

    Saludos

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  4. No es un cura, ni un médico, ni un profesor, ni un padrastro. Es un violador, un criminal. Abrazos

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  5. que raro un sacerdote no? increíble...

    ah no, es lo mas común de todo el mundo... en fin, y siguen con poder en algunos lados...

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  6. De la cual la iglesia sabe mucho. Siendo su "mayor" pecado el intentar ocultarlo. Y defender, no denunciar, a quienes la practican!

    Abrazo.

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  7. La lujuria más que un pecado, me parece un impulso vital. Como fantasear con famosas.

    Pero los pederastas son otra cosa. Indigna más cuando hay seres que se escudan en una autoridad, basada en presentarse como los represantes autorizados de una verdad única.

    Sinead O'Connor ha sido víctima de esa clase de gente.

    Un abrazo.

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  8. La soledad es la excusa perfecta para cualquier cosa, más cuando la esgrime gente con "poder".

    Saludos,

    J.

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