jueves, 2 de octubre de 2014

Un gato."Muso".




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 ¿Cómo entró su gato en la casa sin que ella lo viera? Quizás intuyó que su dueña se iba como otras veces y quería despedirse de ella. Lo cierto es que le encantó el animalito cuando se lo regalaron para que le hiciera compañía. Tardó en buscarle nombre pero al fin lo hizo. Se llamaría Muso.

 ¡Pero! Muso tenía muchos peros: arañaba los muebles, deshilachaba las cortinas, olía mal la casa... Ella, también tenía uno que abarcaba todos los "peros" de su gato: era una maniática de la limpieza y el orden. Por lo tanto, muy pronto le prohibió la entrada a la casa. Su jardín era espacioso. Así que... 

Dio dos vueltas a la llave de la puerta en sus dos cerraduras, se metió en el coche y arrancó. En un rincón del jardín quedó la casita del gato, su comida y su cuna para descansar o dormir. En otro rincón, un pequeño montón con abundante arena, donde Muso, casi siempre, hacía sus necesidades. El gato aparentemente era feliz. Le gustaba merodear por los alrededores, meterse en otros jardines y encontrarse con otros de su misma especie en el parque cercano. De cuando en cuando recibía una caricia de su propietaria. En alguna de las ausencias de su dueña, tardaba dos o tres días en aparecer como para castigarla por abandonarlo. 

Esta vez pasaron ocho días, que podían haber sido quince, cuando su dueña regresó. Al abrir de nuevo las dos cerraduras de la puerta de su chalet, oyó un débil maullido parecido a un gemido, fue en esa dirección asustada pronunciando el nombre de su gato. ¡Allí estaba Muso!, apenas podía moverse, pero lo hizo y se acercó a su dueña tambaleante, famélico y esquelético. Un siamés, ¡lo más bueno del mundo!, según su ama, que se olvidó de despedirse y de asegurar la vida de lo que más amaba de su casa. Muso, de sus siete vidas, aparentaba estar consumiendo la séptima. ¡Pobre animal! 

Sin comida ni bebida, aguantó la semana. ¿Cómo su gato se metió en la casa sin que ella se diera cuenta?, se repetía. Supuso que fue cuando ella colocaba las maletas en el maletero. De cualquier manera ya no había remedio y Muso aparentaba estar vivo. 


Mi sombra está de acuerdo: “A los animales, que hemos vuelto nuestros esclavos, no nos gusta considerarlos nuestros iguales” de Charles Darwin.



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