¡¡Tienes que hacerlo!! Tienes que parar. Se decía Ana, hablando en silencio consigo misma.
Todo iba demasiado rápido en su vida. Su matrimonio con un profesor de literatura hacía aguas. Sus hijos ya no eran unos niños pero vivían en casa. La pandemia supuso su despido. Se acogió al paro. Se separó. Como la vivienda era de su esposo, alquiló un pequeño apartamento y como su estrés se podía medir por toneladas decidió PARAR.
Quería recluirse y pensar. En España hay varios monasterios con una población escasa y envejecida de monjas que admiten a personas que deseen aislarse y dedicarse a reflexionar durante unos días, bien abonando una cantidad si pueden permitírselo o por la voluntad.
Así llegó Ana a aquel convento. Un lugar paradisíaco donde no existían las prisas, abundaba el silencio y se vivía en calma; lo que ella en este momento buscaba y necesitaba. Pidió colaborar con las religiosas en tareas de ayuda, cocinando pastas y otros dulces que era a lo que se dedicaban las moradoras.
Ana se levantaba con las monjas y se acostaba cuando ellas lo hacían. En su habitación había una nevera por si necesitaba una dieta que no siguiera la del convento.
Llevaba tres días allí y conversaba con la abadesa, una belleza espiritual, que llevaba un misal en los brazos muy deteriorado. Decidió pedirle que se lo dejara para restaurarlo.
_Ah! ¿Pero tú tienes idea de restauración?
_ Sí, madre, hace un tiempo hice un curso de encuadernación.
La abadesa le pidió que la siguiera a una estancia.
_Aquí tienes nuestro taller de restauración con muchos libros que necesitan que alguien se ocupe de ellos. Hace tres años que murió la hermana María del Socorro que era la encargada y desde entonces nadie ha vuelto a utilizar el taller.
Ana comenzó su labor encantada. Así, la estancia que iba a ser unos días se convirtió en más de un mes. Dejó la cocina y su vida era dedicar la mayoría del tiempo a encuadernar aquellos volúmenes con grandes historias en su interior y el tiempo libre a pensar en sí misma.
Su estrés fue cediendo, su lucidez aumentando. El hecho de sentirse útil la hizo valorar mucho más su vida en aquel lugar. Salió para celebrar una fiesta familiar. En ningún momento dejó de pensar en aquellos amigos impresos y destartalados deseando acariciarlos de nuevo con sus manos y devolverles el aspecto hermoso y bello que antes habrían tenido.
¡Volvería a PARAR!
Puede costar encontrarse con un@ mism@ pero se puede intentar: "Buscar el éxito es como intentar agarrar un puñado de agua. Cuanto más se le aprieta, menos agua se tiene. Cuando hacéis lo que para vosotros tiene sentido y os satisface, es el éxito el que os busca a vosotros". De los Regalos de Eykis de Wayne W.
